Un costo mucho menos visible
- Hilda Fainsod

- 3 jun
- 2 min de lectura
Como líderes, nos preocupan las decisiones equivocadas.
Pero, en mi experiencia trabajando con líderes, existe un costo mucho menos visible y, a menudo, más peligroso: el de las decisiones que nadie toma.
No porque falte información.
No porque falte capacidad.
Sino porque se posponen.
Se revisan una vez más.
Se espera el momento perfecto.
Se busca una certeza que probablemente nunca llegará.
Mientras tanto, la organización sigue avanzando sin dar ese paso y eso tiene consecuencias.
Cada decisión pendiente genera una forma de deuda organizacional.
Los equipos pierden claridad.
Los proyectos avanzan con supuestos distintos.
Las prioridades se vuelven difusas.
Las conversaciones difíciles se acumulan.
Y la energía que debería destinarse a construir el futuro termina consumiéndose en la gestión de la incertidumbre.
Lo interesante es que esta deuda rara vez aparece en un dashboard.
No existe un Key Performance Indicator (KPI) que indique cuánta capacidad queda atrapada en decisiones sin resolver.
Pero sus efectos están en todas partes:
En la lentitud.
En la frustración.
En la duplicidad de esfuerzos.
En la pérdida de foco.
En la sensación de que la organización avanza mucho menos de lo que trabaja.
En entornos complejos, liderar no consiste en tener todas las respuestas.
Consiste en reducir la ambigüedad hasta el punto en que otros puedan actuar.
Por eso, una de las preguntas más importantes para cualquier ejecutivo no es:
“¿Qué decisión debo tomar hoy?”
Sino:
“¿Qué decisión estoy evitando que está frenando a otros?”
Porque muchas veces el crecimiento no espera una nueva estrategia.
Está esperando una decisión.
—
Una práctica simple:
Haz una lista de las cinco decisiones que has postergado durante más de 30 días.
Después pregúntate: ¿cuál de ellas está consumiendo más capacidad organizacional simplemente por seguir abierta?
Empieza por esa.
La claridad suele generar más progreso que la perfección.





Comentarios